Proclamación de Don Domingo

de Habsburgo-Borbón y Hohenzollern

Rey legitimo de España

La sociabilidad es una tendencia íntegramente natural en el hombre. Ello puede apreciarse en el impulso que determina por ley natural la formación de la primera y básica célula social: la sociedad doméstica o familiar. El amor de los humanos constituye, como es sabido, una apretada síntesis de tendencia natural, instinto y voluntad racional. Y contemplando las sociedades civiles o políticas puede verse cómo las que se han constituido orgánica e históricamente en un lento y, en cierto modo, ciego proceso de adaptación, ofrecen generalmente medios vitales y aun culturales mucho más sabios y adecuados al hombre que las organizadas racionalmente o fundadas en constituciones teóricas.

Una sociedad política- un pueblo- es siempre una estructura muy compleja, en la que se superponen elementos comunitarios y aglutinantes muy diversos, legales y organizadores, unos; consuetudinarios y tradicionales, otros. Concebirla y querer estudiarla desde un punto de vista puramente racional es caer voluntariamente en un exclusivismo y cerrar la posibilidad de comprenderla adecuadamente. Muchas veces una organización racional y uniformista ha matado los medios naturales, idóneos, de defensa y autogobierno de un pueblo, secando al propio tiempo su misma vitalidad interior.

Durante el siglo pasado se realizó sobre las estructuras sociales de la mayor parte de los pueblos algo parecido a lo que representaría el destruir todo el arbolado de un país con el propósito de sustituir la anómala distribución de campos y bosques por la regularidad geométrica de un jardín, sin pensar en la posibilidad de que sequías o lluvias torrenciales impidan en el intermedio su realización. O a lo que hubiera sido el ideal esperantista de acabar, en gracia a la unidad idiomática, con el caudal de sabiduría popular, sentido filosófico y posibilidades artísticas de las lenguas tradicionales.

Los regímenes históricos existentes en los pueblos europeos antes de la revolución eran como inmensos árboles crecidos a lo largo de los siglos sobre la realidad humana de los pueblos; entre sus ramas sostenían un mundo muy complejo y cobijaban muchas y diversas vidas que en él encontraban apoyo y refugio. Su estructura no respondía, ciertamente, a un sistema, sino que venía determinada por los impulsos de su vida pujante. La savia vital del árbol- el espíritu tradicional que aglutinaba al pueblo- cicatrizaba de continuo las muchas brechas y erosiones que a lo largo del tiempo se le hacían, sin que dejaran éstas de permanecer en su historia y en su estructura, a menudo contrahecha.

La individualidad en que siempre se realiza la naturaleza humana se refleja también en la sociedad, imponiéndole la individuación e historicidad que le son inseparables. En lo concreto no se encuentra sociedad, sin sociedades, individualizadas, diversas e históricas. La sociedad en sí es, como dijimos, algo abstracto. Toda visión que haya podido forjarse de la sociedad como un todo armónico habría de realizarse en una comunidad o federación de sociedades concretas, realmente distintas e históricamente evolucionadas. Ello es consecuencia de la individualidad del hombre en primer término, y de la necesidad natural de que cada hombre no pierda su ser individual al entrar en sociedad. Esta necesidad- en un orden natural y prescindiendo de realizaciones antinaturales como la del racionalismo político- es común también a las llamadas sociedades infrasoberanas- familia, municipio, clases diversas del pueblo- que son teológicamente autónomas y anteriores en su ser al Estado como forma resolutiva y última de la sociedad.

He aquí las características del tradicionalismo carlista, términos representados por el lema legitimista de Dios, Patria, Fueros y Rey.

Dios: en el tradicionalismo carlista significa la defensa y argumentación del Humanismo y Valores Cristianos como hecho popular y social comunitario, que viene heredado del pasado, y se concreta con la defensa del Derecho a la Vida, la defensa de la Familia Cristiana y la fraternidad comunitaria del amor entre los hombres.

Patria: la historia de las Españas se fundamenta por la existencia de diversas patrias chicas y cada una tenía sus diversos Fueros, usos y costumbres, lenguas e instituciones propias y particulares. La patria era por tanto un auténtico País de Estados, ya fueran territoriales, los llamados Territorios Históricos, ya fueran profesionales y gremiales que responden al hecho político orgánico, ya fueran asociaciones, que responden al hecho político inorgánico ideológico partidista, ya fueran socio-económicos; todos ellos respondían con clarividencia a la necesidad de existencia de los diversos cuerpos sociales intermedios que contrapesan entre si. Así, habría que añadir y tratar al Brazo Eclesiástico, al Brazo Judicial y a la Corona, como cuerpos sociales intermedios.

Fueros: hemos indicado la existencia de la personalidad y soberanía propia real en los diversos territorios históricos con la vigencia de leyes y usos particulares y lengua propia. Los Fueros mantienen la vigencia y permanencia de los distintos Reinos, Señoríos y Principados de España y al mismo tiempo son fuente del derecho para los habitantes. Responden a la necesidad de vertebración confederal de España, porque no puede haber Confederación y Fueros en un Pacto Histórico o Convenio Permanente entre los habitantes de un Territorio Histórico y el Rey Legítimo de España.

Rey legitimo: aquel que mantenga la legitimidad de origen y de ejercicio intactas. En el caso de la Casa carlista de Habsburgo-Toscana y Borbón, Don Carlos VIII, Rey de España. La jura de los Fueros de los reyes en el carlismo y durante toda la historia de las Españas ha sido una constante que ha servido para garantizar las libertades concretas por las que lucharon muchos tradicionalistas carlistas. La Monarquía Legitimista es la institución personificada en la figura del Rey, que garantiza como superestructura todas las libertades concretas y transformaciones sociales de los diversos Cuerpos Sociales Intermedios y quienes los forman, siendo el Rey el principal mantenedor de todas las Justicias, y por tanto de todo lo descrito anteriormente. Soy un este rey legítimo.

                                                                    Don Domingo I